Horario de silencio
Algunas noches espero a que todos duerman y subo al mirador a fumar. Desde allí, las luces de la ciudad son silenciosos animales nocturnos, atareados en brillar y no dejar de moverse. Ningún ruido puede trepar tan alto; puedo escuchar el crepitar de cada calada, el impacto de la ceniza al caer. A veces leo un rato antes de bajar a dormir; otras, sólo fumo y miro la noche; pero nunca escribo, porque temo que, hasta escritas, las palabras puedan romper este silencio sagrado.
También me gusta pasear por los talleres vacíos. Un cuadro a medio pintar es como una pantera preparada para el salto: una promesa de fuerza y violencia, y también la tensa espera de una belleza por llegar. Las esculturas parecen adanes olvidados por un dios distraído, jóvenes mundos en creación en espera de que se termine el trabajo, o desechados por la exigencia del demiurgo artesano. Mis propios papeles parecen un mapa trazado por un loco con los ojos vendados: un laberinto de líneas y tachaduras, palabras sobreescritas, anotaciones al margen y entre versos.
Cuando termino de vagar por la casa, entro en mi cuarto; la guitarra no dice nada, pero parece estar mordiéndose la lengua. Me pongo un dedo en los labios para recordarle el horario de silencio; apago la colilla y la luz y me pongo en barbecho hasta mañana.
Autor: Antonio Santo.

12 marzo 2009 a 14:30
Al leer tu escrito, imaginé cada uno de los movimientos que hiciste y la profunda calma vivida en cada uno de ellos…
Me gustó mucho.
Mis saludos Antonio, es un placer haberte leido.
Buenas vibras!!!!!
26 marzo 2009 a 15:48
Gracias por pasar por aquí.