Una jaula para el pingüino emperador
En octubre de 2006, digamos que tras una serie de tribulaciones que no vienen necesariamente al caso, yo era una especie de aptenodytes forsteri sacado de su hábitat natural, con algunas dificultades para el contacto humano y serios problemas de concentración.
Durante el último año que pasé como alumno en la facultad de Bellas Artes –culminado, a decir verdad, con tan excelentes calificaciones que serían de mal gusto reproducir aquí– había perdido bastantes amistades que aún hoy sigo considerando importantes –sobre todo, para el trámite que supuso para alguien como yo integrarse correctamente en la vida de una comunidad universitaria– a causa, quiero creer, de mi inmisericorde rasero a la hora de juzgar las obras de los demás. Para colmo, después del verano –o a causa de– había engordado seis kilos y aquella masa tenía visos de engordar paulatinamente conforme pasaran las semanas, a pesar de que en aquella misma primavera, había estado convaleciente –por estricto imperativo médico– de una meningitis que me había mantenido postrado en un camastro-reclinable-con-mando-a-distancia durante las cinco desgarradoras y tediosas semanas, sin tener apenas fuerzas –y mucho menos, el visto bueno de mis guardianes– para coger un asqueroso pincel. En honor a la verdad –y para no escatimar un merecido reconocimiento al esfuerzo de los doctores y enfermeras de la tercera planta del Hospital Gregorio Marañón de Madrid–, puedo decir que jamás en vida me había sentido tan física y mentalmente –sobre todo mentalmente– al límite.
Por si todo esto fuera poco, y pese a que ella “no quería”, pero las circunstancias indicaban ”que era lo mejor”, mi novia de año y pico acababa de dejarme. Sospecho que estaba muy particularmente en lo cierto: evidentemente, era lo mejor, sobre todo para ella y para mantener intacto el poco juicio que, hasta entonces, no había sido capaz de quitarle del todo. Terminaba de poner la guinda a todo esto –y ahora es cuando ya comienza a perder fuelle el pujante viento maquinal del microondas– el hecho de que yo tenía que abandonar una ciudad en la que había pasado los cuatro o cinco últimos años de mi vida para trasladarme a otra ciudad más pequeña y calurosa, para asistir a una especie de beca de creación que me habían concedido cuando casi había olvidado por completo que, meses atrás, fui yo mismo, alentado por el consejo de mis padres durante un desliz emocional, quien había enviado la solicitud de ingreso.
Esto que viene a continuación es una reproducción exacta de una carta sellada el diecinueve de octubre de 2006, y que yo mismo envié, durante uno de aquellos malditos instantes en que podría haber apagado un gallo con un incendio. A los dos días de echarla en el buzón –un sobre inmaculadamente blanco rematado con los mismos ribetes que adornan los pirulos giratorios en las barberías antiguas–, la carta me fue devuelta con un diagnóstico inesperado: “Domicilio inexistente”.
Suelo recibir muy pocas cartas. Imagínense la emoción que puede suscitar en mí leer algo parecido a lo siguiente:
Querida Patricia-Fibra-Óptica:
Hace siglos que no escribo una carta, así que tendrás que perdonar, me temo, si en algún momento esto se aleja de lo que la gente entiende por un formalismo convencional. Un comienzo desastroso, ¿verdad? Confío, en cualquier caso, en que todos estos formalismos no alcancen el carácter romántico (en el sentido más literario posible de la palabra) de la relación epistolar mantenida por la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, y que en ningún momento, por encima de todo, lleguemos a perdernos el respeto. Si a lo largo de alguna de mis cartas digo algo que pueda molestarte (algo que pueda considerarse excesivamente snob; una declaración de ambiciones, por ejemplo, veladamente pretenciosa), por favor, házmelo saber. Tengo la certeza de que eres, en este preciso instante, el único nexo capaz de ligar remotamente mis pensamientos con el espacio exterior, y me temo que, a la larga, eso puede ser algo en extremo peligroso para mi precario estado de salud y mi frágil complexión emocional.
Llevo tan sólo quince días aquí y tengo la sensación de que todas las esperanzas vayan a apagarse definitivamente muy pronto. Es todo tan idílico que me asusta. No me refiero a todas las comodidades que aparecían en las fotografías; creo que va mucho más allá y me temo que la salvación tampoco va a estar esta vez al alcance de mi mano. De modo que esta vez apenas albergo esperanzas. Mi hermana te contó aquel episodio que tuve con aquella enfermera a la que hice llorar, ¿no es cierto? Pues esto es más o menos parecido, solo que aquí tienen catorce camas, una para cada uno de nosotros.
No puedo aventurarme demasiado en mis pronósticos (el Eneagrama es un método eficaz, pero costoso; exige un exhaustivo conocimiento de la personalidad de cada uno y apenas llevamos dos semanas juntos), pero creo humildemente (y verdaderamente temo acertar) que jamás vi relacionarse con tanta naturalidad a tanto bicho raro junto.
Intuyo que tanta fatalidad condensada en tan pocos párrafos resta algún ápice de credibilidad a este acuciante pesimismo, por lo que mis argumentos deben ser ahora enfatizados con un ejemplo. El otro día, durante la cena (en la que nos obligan, como párvulos, a relacionarnos), devoraba un boquerón cuando escuché a alguien hablar sobre cierto compositor que, al escribir su obra, incluía mensajes velados en el pentagrama (no me digas cómo demonios puede hacerse tal cosa, pero el chico explicó más o menos detalladamente cómo se hace), proporcionando así, intuyo que a modo de legado para los futuros estudiosos de su obra, testimonios de sus escarceos extraconyugales (imagino que con una muchacha gorda y adinerada de las élites del Siglo XVI). Te juro, Patricia, que al oír todo esto me atraganté. Suelo ser muy pulcro a la hora de limpiar de espinas mi cena, y tengo asumido que a lo largo de la Historia han existido genios tan conscientes de su talento que hayan trabajado exclusivamente para la posteridad, muy a mi pesar (si es que algo tengo yo que decir a este respecto). Imagino que ya has averiguado qué es lo que me preocupa. Lo verdaderamente p-a-v-o-r-o-s-o de todo este asunto es que creo que ese chico, también compositor, podría hacer lo mismo si quisiera, sin mucho esfuerzo.
También he conocido a ese chico, el pintor. Últimamente he pensado (tras compartir con él un par de cervezas) que no tiene nada que ver con Isaac Mendes, tal y como bromeamos aquella vez en mi casa cuando os enseñé a ti y a mi hermana sus asombrosos trabajos. Lo suyo es, francamente, muchísimo peor que poder pintar el futuro tras inyectarse heroína. A decir verdad, quizá sea lo más triste que haya visto en muchos años: han pasado quince días y ni siquiera ha montado aún el caballete. Es más, dudo entre si es que no se le ha ocurrido hacerlo o es que no ha sentido la necesidad.nadie que sea capaz de tal prodigio. ¿No te parece que es algo como para echarse a llorar? Figúrate si es preocupante. En todos estos años, y sabe Dios que estoy en lo cierto, escucha, en todos estos años en la facultad no he conocido a
Escucha esto: estoy releyendo a Basho. Sorprendente, ¿verdad? Como lo oyes. Es realmente deprimente. Pero no te preocupes por mí, de momento (si te pregunta mi hermana, por favor, no le cuentes nada de todo esto. Sería trágico para la familia que mi madre se volviese a cortar cortando zanahorias). Estoy disfrutando de lo lindo con la lectura. El caso es que todo esto tiene una motivación, y esa motivación, dos condicionantes.
Hay un chico japonés. Resulta que el otro día, preparando una especie de presentación (algo demasiado vergonzoso y oscuro así que no me preguntes, te lo ruego), el chico sacó una caja con “conchitas” de mar. Aprovechando uno de esos momentos en que el silencio impregna de armonía la vacuidad de las formas, tuve la fatal ocurrencia (y confío que esto sea indigno de mí) de preguntarle por qué coleccionaba esas “conchitas” de mar. Para mi espanto (deliberadamente espanto, que no asombro), el chico (no recuerdo su nombre) me dijo que estaba constantemente, escucha, c-o-n-s-t-a-n-t-e-m-e-n-t-e, estudiando la sección áurea. La divina proporción, pensé yo; y cometiendo una de las mayores imprudencias que recuerdo, le pedí (no pude resistirme: de veras, no me reconozco) que me explicase la manera en que los japoneses entienden la religión, ya sabes (recuerda las clases del profesor Vilas), la naturaleza y todo eso. Le dije (y creo que me arrepiento más de haberlo dicho que lo que puedo avergonzarme por hacerlo) que estudio el haiku desde hace cuatro años, y atención, él hizo un chiste buenísimo sobre el majestuoso naranjo que preside el patio de nuestro claustro, comparándolo (con tantísimo acierto como creo que sólo un japonés puede hacerlo) con los cerezos en flor de Kobayashi Issa. Ahora, dime, con toda franqueza: ¿De verdad que no es para volverse loco?
Como ves, lamento decirte que, como comprenderás, esto no tiene remedio. Pero hay algo que quiero decirte, más que nada, porque creo que tengo la obligación de hacerlo. Antonio Ortega me dijo una vez, después de clase, que lo único malo que podía depararme ser artista es que jamás iba sentirme completamente satisfecho. Pienso, querida Patricia, que es algo que alguien poseedor de tu talento debería aceptar. Eso es más importante que ganarse el respeto de todo el Campus involuntariamente con un sobresaliente en Técnicas Mixtas, más importante que exponer en el MACBA o más importante que saber la definición de la palabra “estipendio”. Pero tampoco me hagas mucho caso, sobre todo cuando hay visos en mí que indican la pérdida acuciante de toda esperanza.
Espero que cuides a Damián, y que no le importe demasiado este acto desinteresado por mi parte de mantener, tal como prometimos (bastante borrachos, pero de mutuo acuerdo), una correspondencia más o menos regular. Espero que hacerlo no te acarree ninguna molestia, y por favor, perdona mi torpeza si hago de esta costumbre un lastre y de tu atención algo íntimamente desagradable. Sincera y lastimosamente,
Darío E.
PD. No quiero parecer insolente, pero hazme un último favor: vigila, hasta donde alcances, que mi hermana no se obsesione demasiado en su empeño por cuadrar una lectura de la Biblia en clave de justicia sin que su interpretación resulte demasiado forzada. Le he repetido miles de veces que es imposible hacerlo, pero ella sigue en sus trece (entre tú y yo, creo que nunca superó el hecho de que yo pudiese hacer cuatro lecturas diferentes –cristiana, sacramental, de amor y de salvación– de las sagradas escrituras. Dios mío, se me eriza el pelo tan sólo recordarlo.)
Besos y abrazos;
Darío E.
No creo que al lector más o menos experimentado se le escape el hecho de que, naturalmente, jamás tuve noticia alguna de Patricia desde que me fui de la ciudad. Al parecer, mi hermana arrancó de cuajo cualquier comunicación con su mejor amiga desde los cuatro años por un absurdo, patético y trivial asunto de chicas –aunque quizá sería más correcto decir chicos–. La carta, por supuesto, jamás volvió a ser enviada –y ha sido rescatada directamente de los abismos del Tártaro gracias a esta maldita costumbre mía de guardar incluso tickets de compra y conservarlos recelosamente años después de caducar su validez–.
Hace un rato, después de comer, he puesto las noticias. Imagino que ha sido una sorpresa –no sé aún si buena o mala; tendré que digerirlo primero y meditarlo después, a su debido tiempo– ver a Patricia Fabra cubriendo la información sobre unas trágicas inundaciones que han ocurrido recientemente en un pueblecito del sur –de su querido Sur–, muy cerca del lugar en donde yo redacté aquella carta, hace ya unos ocho años. Aunque creo, honestamente, que tuvieron suerte de discutir a tiempo.
Autor: Nabor R. Dorronsoro. Adaptación de la obra de J. D. Salinger
9 octubre 2008 a 7:59
Mwehehehe, me ha encantado. Rebosa sarcasmo y mala leche, cosas ambas dos que me fascinan. xD
Fdo: Antonio
17 julio 2009 a 21:55
Aunque mi comentario no vaya a leerlo nadie quiero decir que este relato es muy grande. Un ejemplo magnífico de autoridad emocional. Enganchado de principio a fin. Felicito al autor.